viernes, 27 de enero de 2012

Ficar el nas

“Ficar el nas” es una excelente exposición de la que hemos podido disfrutar en la sala del Roser en Ciutadella, y es que en este mundo tan aséptico, en el que muchos viven, es probable que a más de uno se le atrofie el sentido del olfato.
    Si no la han visitado aún, dense prisa, pues está a punto de concluir y merece mucho la pena, pues cada vez nos recreamos menos en los olores, lo cual es una pena, y tener tantos concentrados en una misma sala resulta divertido y sugerente. Los aromas expuestos en unos tubos de metacrilato necesitan airearse para desprender todo su potencia y esto se hace agitando una ruda que hay en su interior, resultando curioso cómo cambian, al igual que un vino, al airearse, por lo tanto, oxigenar los vinos con una buena copa o decantarlos, no es ninguna tontería.
    Otra cosa curiosa es la subjetividad olfativa, pues depende de lo que estemos viendo, un aroma huele mejor o peor, pues si lo que vemos es una vaca pastando en libertad, un mismo aroma es más agradable que si vemos a la vaca encerrada en una cuadra, y que no olemos con la nariz, sino con el cerebro; la nariz es simplemente una vía hacia éste.
    En la gastronomía, el aroma lo es todo, desde crío jugaba a adivinar lo que había preparado mi madre para comer cuando llegaba del cole, abrir la puerta y saber si hoy tocaba sopa de pescado, patatas guisadas con carne y un bizcocho, era emocionante para un comilón como yo. Pero es que a día de hoy lo sigo haciendo, el olor a comida es estimulante cuando hay apetito. En las grandes ciudades esto no pasa tanto, pero pasear tras ver una exposición por Ciutadella, a la hora de comer, con sus calles semidesiertas, también es un poco “ficar el nas” de lo que se cocina en cada casa. Las casas desprenden aromas de brou, carne rustida, calamares rellenos…y es que al cocinero se le marcan los olores en su nariz-cerebro porque ha preparado muchos platos  y lo hace con asiduidad. Es algo parecido al denominado efecto Proust, es decir, el olor de algo que nos es familiar, puede evocar ese momento. Seguro que cada uno de ustedes tiene su propio efecto Proust, ese olor a humedad que le recuerda al rebost donde su madre guardaba crepells y pastisets, el olor a cordero asado, a comida de domingo, gin xoriguer, limón, sudor, caballos, a jaleo, etc.
    La comida sin olor no es nada, es comida sin vida. Un toque de hierbas frescas, una pizca de canela, ese curry que envuelve la atmósfera…todo eso es indispensable, son sensaciones que reconfortan.
    En Menorca se dice “fum y formatjades” para describir algo que prometía mucho pero se ha quedado en nada. A mi hasta el “fum y formatjades” me alimenta.

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